La fórmula preferida del profesor

Le 17 juillet 2009  - Ecrit par  Stéphane Lamy
Le 14 mars 2019  - Traduit par  Jimena Royo-Letelier, Julio E. De Villegas
Article original : La formule préférée du professeur. Voir les commentaires
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Es una experiencia que se repite regularmente : las obras venidas de Asia a menudo hacen cometer errores sutiles a nuestros clichés occidentales. Por ejemplo, quienes han visto ’’The Host’’ -que se puede describir como una versión coreana y urbana de ’’Alien’’- no habrán dejado de notar todos los opuestos que nos hace padecer el escenario de Bong Joon-ho, mientras que en la versión de Ridley Scott la principal sorpresa era saber en qué momento la bestia iba a salir de un rincón de la pantalla...

Pero quisiera discutir aquí acerca el libro de Yoko Ogawa ’’La fórmula preferida del profesor’’ [1], que recientemente releí. En el imaginario hollywoodiense, el investigador en matemáticas es, o bien un genio que calcula y demuestra cómo respira y que tiene tanto tiempo libre como para permitirse hacer por sí solo el trabajo de tres agentes del FBI (Numb3rs), o bien un neurótico en fase crítica cuyas teorías tan revolucionarias como nebulosas atraen la codicia de tiburones de las finanzas y de cabalistas judíos (Pi)... En la obra de Y. Ogawa, me gusta primero ese contrapié radical que ella toma en relación al cliché del científico exageradamente distraído y desconectado de lo cotidiano : el teórico de los números que ella pone en escena, víctima hace tiempo de un accidente carretero, dispone solo de una memoria inmediata de un hora veinte. Todos los hechos acontecidos más allá de esos ochenta minutos se hunden en el olvido. El científico es distraído, sin dudas, pero es una discapacidad, y el habitual resorte burlesco del profesor Tournesol (personaje de la historieta de Tintin) adquiere un sabor melancólico.

La historia es narrada desde el punto de vista de una asistente doméstica que viene a ayudarle todos los días, y que debe asumir esta extraña situación de ser, cada mañana, una persona desconocida por su empleador. El profesor, si bien es incapaz de ejercer su antigua actividad de investigador universitario, al menos no deja de seguir trabajando cada día en resolver enigmas matemáticos publicados por las revistas especializadas. En esos momentos de ocio, él introduce poco a poco a su ayudante doméstica y a su hijo de diez años en la magia de los números naturales, y sobre todo en la magia de buscar por mucho tiempo la solución de un problema. Aquí hay un extracto del libro, donde la narradora acaba de conseguir, después de varios días de reflexión, una fórmula que da la suma de los números de 1 a 10 (pág. 79) :

’’En ese momento, sentí por primera vez en mi vida la experiencia de un instante milagroso. En un desierto cruelmente pisoteado, una ráfaga de viento acababa de hacer aparecer ante de mis ojos un camino que iba recto. Al final brillaba una luz que me guiaba. Una luz que me hacía sentir deseos de continuar el camino para sumergirme ahí por completo. Comprendí entonces que yo recibía una bendición que tenía por nombre chispa.’’

¿Cómo se podría expresar más claramente que la belleza de las matemáticas no está ligada a la dificultad de los conceptos ? Corolario : las matemáticas enseñadas en 5º año de universidad no son intrínsecamente portadoras de más belleza que las enseñadas en 1º ; y el objetivo utópico del profesor debería ser hacer sentir a los estudiantes, al menos una vez, la chispa (evidentemente, este buen consejo se dirige ya a mí mismo, que por cierto estoy escribiendo esto mientras mis estudiantes trabajan duro en su examen de álgebra, lo que no debe estar suscitando mucha chispa en ellos...)

Me llegaron rumores (debería decir, mensajes publicitarios) tendientes a hacer creer que las matemáticas debían ser preciadas por abrir amplias perspectivas de carrera a nuestros estudiantes ya que son fuente de múltiples aplicaciones tecnológicas. Esto es lo que dice de ello el profesor, pág. 158 :

’’Por supuesto, por más que uno le dé la espalda al mundo, sin duda puede encontrar tantos casos como quiera en los cuales los descubrimientos matemáticos han terminado por ser puestos en práctica en la realidad. Las investigaciones acerca de las elipses dieron las órbitas de los planetas, la geometría no euclidiana produjo las formas del universo según Einstein. Los números primos incluso participaron en la guerra, sirviendo de base para los códigos secretos. Es horrible. Pero no es el objetivo de las matemáticas. El objetivo de las matemáticas es únicamente hacer aparecer la verdad.’’

Por cierto, mientras más estudiantes de matemáticas haya en la universidad, más fácil será argumentar que es necesario incrementar los créditos y crear puestos de profesores-investigadores. Bien. Pero que eso no nos haga perder de vista algunas cosas fundamentales.

Para concluir, me gusta también esta idea del libro de que la riqueza de las matemáticas no está reservada sólo a los profesionales (de preferencia locos y/o superdotados). Que se trata en verdad más bien de una forma de colocar la mirada y de centrarse ahí donde por costumbre uno no veía nada de notable. Y que se puede extender este enfoque a todo aspecto de la vida cotidiana. Así, pág. 184 :

’’Observé alternadamente mis manos y los platos que había preparado. El cerdo salteado decorado con el limón, la ensalada, la tortilla amarilla y suave. Los miré uno por uno. No eran más que platos simples, pero tenían un aspecto delicioso. Platos que daban alegría a este final del día. De nuevo bajé la mirada a mis palmas. Me sentía tremendamente satisfecha, como si acabara de cumplir con una tarea importante, comparable a la demostración del último teorema de Fermat.’’

Notes

[1’’La Fórmula preferida del profesor’’, Yoko Ogawa, 2005.

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Julio E. De Villegas, Jimena Royo-Letelier — «La fórmula preferida del profesor » — Images des Mathématiques, CNRS, 2019

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